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Adela Esther Cabral, tiene 59 años y vive en Córdoba Capital.  Es docente jubilada. Comparte sus días con su marido Miguel Ángel; sus hijos Giuliana y Fernando y su nieto Leonel. Como a todos, el primer año de pandemia la tuvo muy preocupada, pero con el devenir de un nuevo año y la llegada del otoño, escribió este texto sobre sus vivencias de la infancia en su memoria. “¡Las letras son semillas que esparce el viento!”, nos dice. Y cuánta razón tiene.

Lapicera, hoja en blanco, Córdoba…imposible repetir el pensamiento.

Realidad observada… rectángulo vertical… ventana entreabierta… enredadera…rejas.

Su esbeltez trata de romper la gravedad, serpentea negros listones metálicos.

Plenitud… campanas…degradé morado, claroscuro explotando fortísimo.

El sol también es suyo.

Otoño.

Recuerdo…infancia… atajos, cuan calles dibujadas por un

arquitecto…bifurcación… destinos… sombras…algarrobos, espinillos, duraznillos. 

Pichanillas barren patios… ahí estaban… abriéndose…

Ciudad.

Mirada pandémica dialogando con mi razonamiento… Ipomea cairica,

arranqué muchas veces tu vida.

Pienso….¿Plaga? ¿Yuyos? Lo ordinario tiene luz, comida… belleza.

Parangón.

Ella…prejuicios, discriminación…seres humanos.

Irrupción…

Cotidianeidad…

Lavarropas funcionando…

Los ojos siguen morados…

Adela Esther Cabral, 59 años, Córdoba.

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