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La importancia de los vínculos intergeneracionales también se plasma en los juegos que comparten abuelos, abuelas, nietos y nietas. El testimonio de hoy es de Iris Ada Quiero, una cordobesa que vuelve a confiar en nuestra propuesta. En esta ocasión nos cuenta la manera en la que sus juegos de la infancia se mezclan y se combinan con los de su nieto. En este mes de las infancias, te invitamos a recuperar su experiencia. 

Había una vez

Los juegos de mi niñez difieren de los juegos de mi hijo cuando era pequeño, y mucho más de los que atraen a mi nieto. 

La computadora y el celular llegaron a Argentina cuando mi hijo era adolescente, y eso marcó un antes y un después en los entretenimientos infantiles, no solo en el modo sino también en los medios. 

Reconozco los aspectos positivos de los avances tecnológicos y el primer ejemplo que acude a mi memoria es la redacción de nuestras tesis; en máquina de escribir, borrando con un corrector y haciendo un enorme esfuerzo por lograr prolijidad. ¡Cuántas horas luchando con las teclas!

¡Y las comunicaciones! Un llamado telefónico de Mendoza a Buenos Aires tenía tiempo de espera. Cuando mi tía venía a casa para llamar a su hijo residente en Estados Unidos, traía el tejido y pasaba varias horas con su labor esperando que el aparato sonara.

Al salir con los amigos o ir a un campamento, los hijos se despedían  por un par de días de los padres, y estos quedaban sin noticias hasta el regreso a casa. La lista de ejemplos que ilustren los beneficios que aporta esta era tecnológica e informática puede ser extensa pero no es el tema primordial de estas líneas. Lo que me interesa relatar es la vivencia maravillosa que experimento cuando, con mi nieto, ensamblamos el pasado y el presente jugando. 

Le compré unas bolitas -a las que él llama canicas por influencia de los doblajes televisivos- y con ayuda de su abuelo materno, jugamos en el parque, en familia, divertidos, un largo rato. Otro día le regalé unas figuritas, estábamos solos, ni el abuelo ni el papá podían ayudarme y… ¡Oh, Merlín! Acudí al buscador en el celular para conocer las reglas. Compartimos el juego tirados en el piso y divertidos.  En otras ocasiones incorporé el balero, el yo-yo y las payanas. Por supuesto, todos practicamos, los adultos para saber qué grado de habilidad conservamos, y mi nieto para experimentar por primera vez. 

La televisión y los videojuegos tienen un imán irresistible, ejercen un atractivo insuperable para los niños de hoy, podrían estar todo el día frente a las pantallas, magnetizados. Nuestras propuestas de antaño están en desventaja. Imposible competir. Antes, los padres se limitaban a observar, de vez en cuando, qué nuevo juego habían inventado los chicos, montados en un árbol o entre matorrales de un terreno baldío, si había algún peligro o no.

Hoy negocian, establecen reglas, organizan los tiempos para que alternen entre la pantalla y las actividades al aire libre. De la mano de mi nieto he vuelto a jugar a las escondidas, a la rayuela (que hoy llaman cielito), a la pelota, saltar la soga, al sube y baja y al barrilete. 

Había una vez… muchos juegos al aire libre que permitían el desarrollo de la creatividad, el contacto, la negociación.

Lo importante es que, en lugar de recitar “todo tiempo pasado fue mejor”, activemos nuestras neuronas, y sin quitar espacio a la pantalla, amorosamente logremos insertar aquellos juegos de antaño. Cuando los chicos de hoy los conocen, se entusiasman.

Es nuestra tarea encontrar el equilibrio, la intercalación de pasado y presente. 

Está en nosotros la elección de tirarnos al suelo para recorrer una pista con autitos, treparnos al sube y baja, jugar a las escondidas con nuestros nietos hasta el cansancio y después, juntos, mirar una película y divertirnos también. Si te animás, también podés competir en la play.

Iris Ada Quiero, 64 años, Córdoba Capital

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