Hay alguien afuera. Y puedo ser yo

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“El Club de la Porota” abre su espacio en el Hoy Día Córdoba para que las personas mayores nos cuenten la manera en la que viven la pandemia. Mientras los lectores de estas páginas ultiman los detalles de sus testimonios de vida para sumarse al ciclo de “Voces Mayores 2021”, hoy tenemos una invitada de lujo. Nuestra gran amiga Cristina Loza nos comparte este hermoso texto sobre la “segunda cuarentena”, como ella le llama. Con su particular pluma, nos permite conocer aquellas personas, actos, recuerdos que la acompañan en su andar por este momento particular. En esas líneas se asoma Tita, su vecina de más de 80 años, que cada lunes le deja flores en la tapia a modo de ritual; como prácticas que nos sostienen unos con otros de manera invisible. O la voz de Anita, la amiga eslovena que le regala por teléfono una canción en ese idioma. “Hay alguien afuera. Y puedo ser yo”, elige titularlo Cristina. Y nos tomamos la licencia de parafrasearla: hay alguien del otro lado de este espacio semanal, y podemos ser todos.


“Llevarse bien con uno mismo. Escucharse. Escuchar el latido de las estaciones, las de afuera, que enrojecen la pérgola, un estallido de hojas lustrosas, antes de caer. 

Y las estaciones de la vida. Y me digo: Que tus días sean intensos, aunque sepas que uno de ellos, será el último. 

El vuelo frenético de los colibríes sobre las flores de color magenta me fascinaron la tarde. Cuando las sombras ganan los rincones, entro. Los libros me atraen, tengo varios para leer. 

El taller virtual está rebosante de gente entusiasta, en medio de la pandemia. Porque yo ya soy otra, con nuevas cosas aprendidas a diario. Ese estreno, esa sencilla manera de no querer estar en otro lado que en este donde estoy, viviendo lo que vivo, el taller, la casa, el jardín, la amistad, esta nube gris que nos ha cubierto a todos, y a pesar de eso hoy salió el sol, y cada hora traerá el consuelo y la alegría, para cada corazón, “No hay nada o casi nada a lo que el hombre no termine por acostumbrarse”. La frase es de Camus.

El dolor es inevitable. Lo peligroso es naturalizar el milagro. El de respirar el aroma del otoño, de conversar con mis amigas, de preparar lo que voy a comer. Salir a la madrugada a respirar el silencio para ver el eclipse de luna. 

Autosuficiente, una señora que milita en la zona de riesgo. Que trabaja, estudia, piensa. Hay un cuaderno, una lapicera a mi lado, libros abiertos, música. Una realidad que empuja contra las ventanas, este nuevo confinamiento o segunda cuarentena, nos encuentra un poco más fuertes y, aunque sentimos, que algo no está bien, que nos resuena en el alma, mantenemos el miedo a raya, entreteniendo la mente, cuando la luz de la esperanza se corre por la cruda realidad que vomita el televisor, números en rojo que cambian a cada instante, y al verlos creo que nos deshumaniza. Como las hormigas cuando son diezmadas, y vuelven al atardecer, irredentas, sin contar las bajas, corremos el peligro de ser tan individuos, tan solitarios, yo me salvo y los otros afuera, y eso, es más dañino que el virus. Nos sentimos frustrados, el tiempo se nos pierde sin usarse, sin embargo, estamos encontrando momentos felices dentro del caos. Un pinchazo, una dosis de vacuna nos ilusiona con el tiempo que vendrá y nos devolverá los abrazos. y mi alma, con su sana costumbre, agradece, agradece y vuelve a agradecer.

Porque hay, tras una tapia, al lado de casa, una mujer de más de ochenta, que corta sus flores y me las pone en la tapia los lunes para el taller. Un ritual. Los rituales están desde el principio de los tiempos en la historia de la humanidad. Pintando manos en la roca. Ahora, hacemos ese gesto tocando la vida de otros. Escribo. 

El sonido del teléfono me sobresalta, con ese pensamiento fatalista, sobre las malas noticias. El miedo juego su papel, escondido en cualquier parte. En el otro lado, una voz conocida, una amiga eslovena. Está sola, y me dice que ya no sabe qué hacer encerrada. Cuando me preparo el arsenal de palabras de resiliencia, gastadas de tanto usarlas, ella me sorprende: ¿Puedo cantarte una canción en esloveno? Y lanza su voz que habla de tristezas profundas y ancestrales, de extrañar el hogar, de las madres/ ¿Cuánto duran las guerras para las madres?/ y canta Anita, y aparecen otros acordes, habla de pájaros y de bosques, de sonidos de vida, y la angustia que tiene en el pecho, como la bola de pelo de los gatos, que se forma de tanto lamerse, se disuelve entre las notas musicales.

Y recuerdo a un sobreviviente de un campo de concentración, el escritor Triestino Boris Pahor, que aún hoy con 107 años, nos advierte con su prosa, que lo que nos salva, son los sencillos gestos de humildad o de grandeza, en esas circunstancias extremas. Pahor dice que los monumentos a la memoria no sirven, que no hemos aprendido nada. Y escuchando el canto de Ana en el teléfono, su voz, como un viento benéfico, arrastra todo este apocalipsis, y me dice que todo, toda la historia de la humanidad, comienza con un gesto, una mano que ayuda a otra, alentando cuando viene en trepada”.

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