La invisibilidad visible

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Estamos inmersos en un mundo globalizado, en una época de posmodernidad, donde los cambios vertiginosos que se producen, ya no nos sorprenden, sino que nos arrastran en un torbellino donde la fugacidad, el ruido, la necesidad de que todo se haga rápido y dure poco, donde todo lo efímero es atractivo y la velocidad se convierte en la característica de nuestras vidas, como si la meta tuviera como único fin acumular datos banales que al final carecen de todo sentido. “… Vivimos en una sociedad postmoderna con características líquidas” – define el sociólogo Zygmunt Bauman – donde todo es flexible y se caracteriza por un individualismo exacerbado que nos priva del sentido de comunidad, de pensar en el otro”…[1] también agrega que las relaciones humanas se reducen a la lógica costo-beneficio donde identifica a un individuo dominado por las circunstancias económicas que lo llevan a ser absolutamente consumista, y que este fenómeno representa un modo operativo económico consecuencia de la globalización.

Esta sociedad de lo descartable, donde todo pierde valor en virtud de una nueva atracción, crea un mundo de desperdicios y sobrantes, tanto de cosas, (objetos) como de sujetos (personas). De este modo nos enfrentamos a un individuo que, aunque se sitúe en medio de una multitud, se encuentra dentro de una absoluta soledad, los vínculos entre las personas se fragmentan y se disuelven dentro de esta lógica social.

Estos cambios que se han producido en la sociedad, la tecnología y las ciencias, especialmente en la medicina, han extendido la esperanza de vida de las personas sobrepasando las barreras cronológicas y hoy nos encontramos con un número importante de adultos mayores de 65 años a la par de que todos estos procesos de cambio han contribuido a la desintegración de la familia tradicional, reduciéndola a una nueva familia nuclear, dejando fuera de esa estructura a los abuelos y otros familiares donde tradicionalmente convivían varias generaciones. La familia urbana tiende a eliminar de sus círculos todos aquellos vínculos que le restan flexibilidad, lo que afecta principalmente a las personas que por su avanzada edad se hacen más dependientes. Este problema se hace más agudo cuando existe en el adulto mayor alguna discapacidad física o mental, lo que los lleva a recurrir a sus hijos o parientes que lejos de crear una situación satisfactoria, aumenta sus sentimientos de dependencia, la baja autoestima que al convivir en el mismo lugar con otros adultos y jóvenes hacen que comiencen a percibirse como una carga para el resto de la familia. Cuando no existe una discapacidad, simplemente porque pertenecen a otra época, deciden no hacerlo participar de las decisiones del grupo familiar, cuestionan su lentitud, les hacen sentir que nadie los necesita. Pero se habla de la vejez como estereotipo, como personas que no producen, no aportan, originan gastos. En la familia nuclear, despegada de familiares, metida en espacios mínimos, la persona mayor a veces no tiene cabida.  Muchos han interiorizado este sentimiento de inutilidad, sintiendo en lo más profundo de su ser que nadie espera nada suyo, porque no tienen cosas valiosas para dar.

Pero todos estos prejuicios incluyen a la vejez en un colectivo que no refleja la realidad.  La vejez es inexorable y todos y todas van a llegar a esa instancia de la vida,  pero no todas las personas envejecen de la misma forma, hay factores en la historia de vida de cada uno que condiciona los años de la vejez, no es lo mismo quién envejece haciendo trabajos pesados, a la intemperie o con bajo nivel de estudios y especialmente con un entorno de pobreza y desigualdad que aquel que tiene una profesión, que ha tenido la oportunidad de instruirse, hacer trabajos que no requieren tanto esfuerzo físico y que han desarrollado su vida en un ambiente con menos necesidades económicas, lo que puede evidenciar diferencias notables en la salud de cada uno, un deterioro corporal más rápido en uno que en otro y sumado a esto, otros múltiples factores que hacen al modo de vida y del hecho que cada uno de nosotros es único y diferente. Si bien el envejecimiento poblacional representa un logro de la salud pública que refleja el éxito de las políticas en salud y desarrollo económico,  estas políticas no alcanzan para enfrentar la pobreza ni la vejez, porque la mayor división  del mundo contemporáneo que supera todo pronóstico, es la que resulta de la desigualdad entre ricos y pobres. Es tan grande el contraste que se crea entre ancianos ricos y pobres, fruto de la penetración del capitalismo que crea un cruce entre dos dimensiones básicas: clase social y edad, las políticas de vejez deben ser más de envejecimiento y operar en consonancia con la lucha contra las desigualdades sociales y requieren un tipo de intervención, en definitiva, más preventiva y no dirigida exclusivamente a un grupo de edad.

Jorge A. Cordero (69) Estudiante de 5to. Año
Licenciatura en Sociología – Universidad Nacional de Villa María

[1] Bauman Zygmunt. Modernidad líquida 1999

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