Lo que despertó “La bailarina de Auschwitz”

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Por Sol Rodríguez Maiztegui
Comunicadora y Gerontóloga

Terminé de leer el libro “La bailarina de Auschwitz” de Edith Eger e inmediatamente después me senté frente a la computadora para escribir esta columna. Abrí el archivo al que llamo “parrilla” y revisé la decena de temas potenciales sobre los que podría escribir: 1. Economía y Vejez. 2. Violencia de género y mujeres mayores 3. Las vejeces en la pandemia, etc, etc, etc. 

A mi derecha el libro que recién acababa de cerrar parecía hablarme. Sus páginas cómplices me sugerían otra “parrilla”: ¿Y si hablamos de gratitud? ¿Desandamos algunas de las preguntas de la autora, cómo por ejemplo: ¿por qué no yo?  ¿Deconstruimos los sentidos de la victimización vs. libertad?  “¿O trabajamos sobre frases como ´No puedes cambiar lo sucedido, no puedes cambiar lo que hiciste o lo que te hicieron, pero puedes decidir cómo vivir ahora´? 

La inspiración se hace desear. Sólo sé que hay una palabra que no deja de rondar… “gratitud”. Edith tiene 93 años. A los 90 terminó de escribir la novela que despistó mi “parrilla”. Me río. Suena gracioso escribir “parrilla” por cuarta vez. Busco las dedicatorias que ella escribió al inicio: “a las cinco generaciones de mi familia”. La imagino y me pregunto: ¿las habrá escrito al terminar el libro o al comenzarlo? Busco señales de su edad. Me digo: “Soy gerontóloga, tengo que hablar de vejez, vejeces, envejecimiento…”.  

Paso de la dedicatoria a los agradecimientos sin pifiarla. Me detengo. Releo: “Cuando nació nuestro primer nieto, Béla (NdR: marido de Edith)dijo: ´Tres generaciones. Es la mejor venganza contra Hitler´¡Ahora somos cuatro! Cada vez que me llaman Bisabuela Dicu, mi corazón palpita”. 

Tomo el celular y busco una de las tantas frases que el libro me permite regalarles: “Para modificar nuestra conducta debemos modificar nuestros sentimientos, y para modificar nuestros sentimientos, debemos cambiar nuestros pensamientos”.

Orbitan los términos “pandemia”, “aislamiento”, “personas mayores”, “soledad”. Repaso los títulos edadistas, viejistas, gerontofóbicos en los medios de comunicación. Rememoro las llamadas y mensajes preguntándome: “¿qué hago con ´esa´ persona mayor que me interpela y disrumpe con su libertad? o por el contrario ¿con aquella que me abruma con sus demandas?”. 

Pienso en las Voces Mayores, en esas personas que participaron de la convocatoria que El Club de la Porota y la Fundación Navarro Viola impulsaron en tiempos del COVID-19. Entro a la web, reviso rápidamente los titulares de cada testimonio. Enumero algunos y mientras los tipeo advierto cómo se repite la palabra “vida”: 

  • “La vida, una obra de arte” 
  • “Teclear el amor para seguir viviendo” 
  • “El encanto de la vida cotidiana”
  • “La belleza de la vida” 
  • “Un deseo de amor en la vejez” 
  • “Razones para agradecer en cuarentena” 

Jamás viví algo así”, me comentaron muchas personas mayores al referirse a la pandemia, al miedo y a la incertidumbre que les genera ser parte de la “población de riesgo”. Por dentro, dudo de sus palabras. Me asombro con desconfianza y pregunto en silencio: “¿En serio?, ¿seguro, segura que jamás- en tu largo recorrido de vida atravesaste situaciones de incierto, dolor, pena, luto, muerte, violencia, desprecio…?”. 

Tomo el libro “La bailarina de Auschwitz” nuevamente en mis manos. Pienso en Edith y su vida presente. Subo el archivo con el scroll del mouse hasta llegar otra vez a los títulos de las Voces Mayores. Tengo que cerrar la nota y no sé todavía qué decir, qué escribir, cómo rematar este mar de emociones, sensaciones y palabras que no logro ordenar. 

Gratitud”, me repito. “Gratitud”. 

Edith sobrevivió a Auschwitz. 

Edith agradece. 

Edith escribió: “las peores experiencias pueden ser nuestras mejores maestras(…)”. Nos convertimos en víctimas no por lo que nos pasa, sino porque elegimos aferrarnos a nuestra victimización”. 

Edith deja su lápiz con esta última oración: “en mis noventa años de vida, nunca me he sentido más afortunada y agradecida. ¡Ni más joven! Gracias”. 

Aceptar” me repito. 

Aceptar y agradecer”. 

Anoto en mi “parrilla” un nuevo tópico: “La aceptación de/en la vejez”. 

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