“Los de +60 y la radio”

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El 27 de agosto se celebra en nuestro país el Día de la radiofonía. Por ese motivo, nuestra voz mayor de hoy es la de Emilce Cassinelli, una porteña de 77 años que nos cuenta la historia de la radio y entre líneas un testimonio de vida, la suya.


Los de más de 60 nacimos y crecimos  junto a la radio, esas cajas de madera lustrada de las cuales brotaba la magia del sonido. Al frente, el dial, circular, con los números y letras de las emisoras, debajo, dos “perillas”, una movía la aguja que “sintonizaba”, la otra graduaba el volumen. Me acuerdo que LR3 Radio Belgrano quedaba en el punto medio del recorrido. Después había más números y letras que yo no entendía. A veces, moviendo el dial se escuchaban voces lejanas con mucha interferencia. Mi papá me decía que esa era la onda corta y que era para escuchar radios de otros países. Nunca pude entender por qué la onda corta era para radios lejanas y la larga para  escuchar las cercanas. Y en la parte trasera?  Unas lámparas enormes que se prendían con el clic de encendido. Tecnología de la época. 

¿Y qué escuchábamos en la radio? Un señor, el “speaker”, que pasaba avisos comerciales, publicidad oficial, leía el informativo cada media hora, y de pronto decía: “¡No se vaya que ya vienen los Perez García!”,  o “Blanquita y Héctor, la pareja Rinsoberbia!” o el “Glostora Tango Club”, o  Sandrini, que nos traía a Felipe, su personaje, o Nini Marshall, con su entrañable Catita con  Juan Carlos Thorry (¡que no podía con  ella!)                     

La radio reunía a la tarde a madres, tías y primas alrededor del mate y de la leche para los chicos. ¿Quién no recuerda los radioteatros de la tarde con el almibarado Oscar Casco (Mamarrachito mío) y su amada Hilda Bernard? Había uno que  se llamaba “El Galleguito de la cara sucia”. Era un humilde almacenero (Eduardo Rudy) que se enamoraba perdidamente de una niña “fina” que lo rechazaba. Finalmente renunciaba a la conquista, entonces ella se enamoraba perdidamente pero él ya no quería saber nada.  A veces se producían “grietas”, algunas defendían a un intérprete, y otras a otro, pero en este caso todas estuvimos de acuerdo en que ella merecía  el rechazo ¡por orgullosa! 

El primer radioteatro fue en el año 1920. Se llamaba “Chispazos de Tradición,” (pero a ese lo escuchaba mi abuela). Fue tal la fascinación que ejercieron los radioteatros, que las tiendas Harrods que estaban en su esplendor, llegaron a colocar parlantes en el interior del edificio porque si no a la hora del radioteatro se quedaban sin clientes. Así también los empleados de la Compañía Telefónica sabían que en ese horario prácticamente no había llamados (por lo tanto suponemos que ellos también aprovechaban para escucharlo). 

A nadie se le ocurría, ni le interesaba demasiado averiguar de dónde salían los sonidos de la radio. ¿Para qué enterarse que  el trote de un caballo era el golpe de dos tacos de madera en una mezcla de tierra y piedras en un cajón, o que arrugar papel celofán era fuego, o que el rugido de Tantor -el elefante de Tarzán- era una gran sopapa, o que un ascensor era una aspiradora, el viento un secador de cabello,  y el beso apasionado de la pareja era el beso que el actor le daba a su propia mano? Nunca escuché a mi madre ni a mis tías plantearse esos problemas. Simplemente se “pegaban” a la radio. 

¡Y los novelones de Radio del Pueblo, con el gaucho eternamente perseguido! ¿Y la voz de Gardel en el “Alma que canta” mientras las madres cocinaban? ¿Se acuerdan?  A las 17 hs comenzaba la hora de los niños. Hubo que adelantar media hora a Tarzán con Juana y Tarzanito (yo estaba enamorada de él) para que los que llegábamos de la escuela pudiéramos escucharlo, y también a Sandokán mientras tomábamos la leche o la chocolatada.  También estaba la Radio del Estado que pasaba música “culta” con  un locutor engolado que usaba el mismo tono para anunciar la Novena de Beethoven, los informativos o las marchitas que precedían al anuncio del golpe militar…

¿Y los hombres? Compartían los programas en la cena familiar; los “Perez García” eran sagrados, solamente estaba permitido abrir la boca para comer. El programa mostraba a la típica familia de clase media en ascenso  de la  década del 50. ¡Imagínense con los ahorros se compraban una casa y se mudaban! El programa ponía en el aire los problemas cotidianos de esa clase media, a tal punto que quedó instituido el: “tiene más problemas que los Perez García”  para referirse a una persona que siempre tenía dificultades. El “Glostora Tango Club” con la orquesta de De Angelis con sus cantantes Carlos Dante, Julio Martel, Floreal Ruiz, Oscar Larroca  también era disfrutado por  los hombres. 

En realidad, se apropiaban de  la radio, no se les ocurría pedir permiso, para consumar ese acto sagrado que era escuchar el partido de fútbol de los domingos, luego de comer una buena pasta. Ese grito de gol que el relator prolongaba hasta límites inimaginables, haciendo alarde de su capacidad  pulmonar,  perforaba  la siesta dominguera. Esa voz era Fioravanti. Muchos años después, ya con los partidos televisados, alguno de mis familiares veía el partido con el televisor  sin voz, y la radio al lado, escuchándolo. La voz de la radio no pudo ser reemplazada. Las carreras de autos en la voz de Elías Sojit también pertenecían al mundo masculino. 

Además de las transmisiones al aire, las radioemisoras eran lugares de encuentro familiar, ya que tenían amplios auditorios donde se iba a escuchar a las “orquestas típicas”(tango) y luego de la función se bailaba. La primera radio que se construyó en la ciudad fue Radio El Mundo en Maipú 555, hoy Radio Nacional. ¿Ustedes sabían que los planos se hicieron en base a los de la BBC de Londres?  Es un edificio Art Deco que sigue mostrando su jerarquía y atesora parte de la historia de la radiodifusión argentina. 

Estos pequeños y grandes hechos están en el recuerdo de nuestra generación porque formaban parte de la cotidianeidad en la que crecimos. Nuestros hijos no conocieron esa radio y para nuestros nietos serán aparatos prehistóricos.

Con la llegada de la televisión se dijo que era la muerte de la radio. Sin embargo, se rebeló, se hizo portátil. ¡Un día mi papá apareció con una SPIKA! Esa radio japonesa “a transistores”. Era una cajita rectangular, de cuero marrón con el aparato mágico. Se convirtió en nuestra compañera, vino a los pic-nics. Conservo una en mi casa; a veces la miro con cierta melancolía. Después se puso audífonos, y después se metió en el auto y nos acompañó en los viajes de veraneo a Mar del Plata. 

Pero  la radio no  solo cambió su formato sino sus contenidos. Los  programas de noticias se agilizaron con los movileros buscando la primicia, los “speakers” fueron reemplazados por profesionales formados en institutos como el ISER (Instituto Superior de Enseñanza Radiofónica). Aparecieron las “voces” de la radio: Antonio Carrizo, polifacético, Cacho Fontana con “Odol pregunta”,  el Peruano Parlanchín y sus enigmáticos silencios, Betty Elizalde con su seducción, Nora Perlé, Colomba, Brizuela Mendez. Uno de esos fue Larrea con su Rapidísimo, quien siguió dando cátedra hasta hace muy poco que decidió retirarse al cumplir 80 años. Así la mañana se fue poblando de radio en múltiples formatos: entrevistas, música, discusión política, humor. La aparición de las FM amplió el espectro de elección.

La radio nos acompañó y nos seguirá acompañando. Nuestra generación la sostuvo y la seguirá sosteniendo. Este año se celebran los 101 años de aquel 27 de agosto cuando los 4 “locos de la azotea”, liderados por el Doctor Telémaco Susini transmitieron la ópera Parsifal por un parlante en el Teatro Coliseo, convirtiéndose en los creadores de la radiodifusión argentina.

La radio nos hace llegar la palabra, nos pide uno solo de nuestros sentidos y nos deja libres para hacer múltiples actividades simultáneamente. Las voces de la radio han despertado la imaginación, voces a las que durante muchos años no les conocimos el rostro pero que nos llegaban al corazón. La radio es fiel compañera en momentos difíciles. Quién no recurrió a ella para vencer al insomnio, para disipar la angustia de la madrugada por el hijo adolescente que no regresaba, o para calmar la ansiedad por una llegada que luego se concretó, o por otras que nunca se produjeron.

¿Qué es la radio hoy para mí? Sigue siendo mi compañera. Ya no espero hijos adolescentes (por suerte), ni llegadas intempestivas (menos suerte, pero es la vida). Me acompaña todo el día, me conecta con el mundo. A veces me dan ganas de apagarla, pero ella no tiene la culpa de lo que pasa. Ahora la escucho por una ¡aplicación en el celular! ¡Todo un logro!En la cocina tengo una “vintage” que me recuerda la de mi infancia.

Ya no están los Perez García, ni Catita, ni Carrizo, pero sigue Nora Perlé con sus “Canciones son amores”, hay una “Venganza que será terrible” de Dolina, hay  “Dos Carátulas” -el único radioteatro del mundo que se mantiene en pie desde que se creó-, hay  una  FM tango con “flor de chamuyo”, y una radio Ciudad “Orgullo Porteño”, que nos mantiene conectados a esta gran urbe, y finalmente, un Juan  Carlos Del Missier con “De la noche a la mañana” para los desvelados… ¡y queda mucho por nombrar! ¡Gracias radio por tu compañía, los de más de  60  seguimos siendo fieles! 

Emilce Cassinelli, 77 años, CABA

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