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No sé si les pasa, pero a mí la Navidad me pone nostálgica. Mi mente me invita a repasar los festejos de la infancia y si bien se asoman algo difusos, existe una imagen que rememoro ¡tan vívida! que por momentos me asusta. Cuando tenía ocho años, mi abuela paterna me regaló doce pasas de uvas, justo después del brindis de Navidad. Simplemente extendió su mano, las depositó en mi pequeña palma y me dijo: “deseo que siempre estés rodeada de abundancia”. La perspectiva de la vida que obtuve en mi vejez me ha permitido valorar esa frase que alguna vez me fue obsequiada. Fui muy ingrata con ella, la ignoré en mi juventud y madurez, y ahora la atesoro cuan piedra preciosa. Pasé años destinando lo que no tenía para llenar el árbol de obsequios, quejándome de las reuniones familiares, harta de los banquetes. En conclusión, me perdí la posibilidad de ver qué había más allá del ruido de las fiestas. Renegué de mi abundancia. No supe verla en mis hijos, hijas, en mi esposo, en la familia política o en los amigos. La queja me encegueció. Ese deseo que recibí como regalo de mi abuela estuvo siempre al pie del árbol, cada nochebuena. Y así, durante mucho tiempo fue invisibilizado. Aprendí la lección. Pude darme esa chance. Cuando logré quitar el velo de mis ojos quedé extasiada. La abundancia había estado siempre cerca y finalmente pude verla. 

Hoy empachada de gratitud quiero compartir con ustedes una anécdota; cosecha de este 2021 que nos regaló la posibilidad de ser, a través de El Club de la Porota, un espacio para visibilizar la abundancia que habita en las personas mayores. Cuando logramos percibimos abundantes, nos permitimos compartirla. Para mí la abundancia tiene forma de pasas de uva y se manifiesta arrugada como la mano de mi abuela.  Extendé la palma de tu mano, imaginate la mía. Aquí te regalo una historia abundante. Propia de quienes logramos ver más allá de lo aparente, de quienes pudimos aprender la lección  ¡Feliz Navidad!

Porota

Experiencia del taller de lectura y escritura

“Tengo algo para contar”

Hola, soy Patricia Corrales, psicóloga. Entre mis actividades como profesional coordino el taller de memoria y bienestar psicológico del Centro de Jubilados de barrio Los Naranjos de Córdoba Capital. Por supuesto, en estos últimos casi dos años, la modalidad de los encuentros fue virtual. Durante el 2021, las mujeres que participan del taller me fueron manifestando su inquietud y deseo por la literatura. Me pedían que les sugiriera algún libro para leer, que ejercitáramos la escritura.

Me quedé un tiempo con esta idea dando vueltas, pensando que sé sobre el tema, qué forma le podía dar. Así es que recordé un curso que había hecho sobre cuidados narrativos, con Andrés Urrutia y más tarde me puse en contacto con Sol Rodríguez Maiztegui, impulsora y creadora de El Club de la Porota. Fue así como volví a visitar la página de la Porota. También recuperé de mi biblioteca el libro “Más que arrugas”. Con estas herramientas arme el ciclo de lectura y escritura “Tengo algo para contar”.

La propuesta era tomar los beneficios de la lectura y la escritura para mantener la mente activa y saludable. Fue muy enriquecedora. Como siempre suele suceder, coseché más frutos de los planificados.

Fueron cinco encuentros en los que compartimos cuáles eran los beneficios de la lectura, cómo se construye una narración, un cuento, una autobiografía y en la marcha les propuse escribir un relato sobre cómo es vivir la vejez. Fue dar un paso más en la propuesta, desafiándolas a dejarse interpelar, sumergirse en la propia subjetividad, la propia historia  e incluso invitarlas a ser protagonistas, que se apropien de su edad, de sus derechos alzando la voz  y… allá fuimos.

Los cuentos “De rodetes canos a cortos caoba” y “Para ser feliz hay que arriesgarse a que te llamen loco”, del libro “Más que arrugas” y los relatos de las Voces Mayores sobre las diferentes maneras de vivir las vejeces aportadas por el Club de la Porota y la Fundación Navarro Viola facilitaron el encuentro con la propia vejez. 

Del Club de la Porota leímos “La cara luminosa de la vejez” de María Cristina Galiano; “Voluntaria después de los 60” por Cecilia Schulten, “El intruso finalmente llegó” de Angélica Gentile. Para las participantes del taller encontrarse con estos relatos les fue muy significativo, se vieron reflejadas en las experiencias y animadas en sus vidas; animadas a querer también contar sus propias vivencias.

Josefina, una de las participantes en su relato sobre cómo vive su vejez concluye: “La vida continúa, no queda otra que andar”. Emilia confesó que sentarse a escribir le ayudó mucho a sacar emociones, a darse cuenta que ahora ella puede elegir disfrutar más de sus “pastos verdes” refiriéndose a actividades recreativas como hacer este taller, natación, biodanza. Carlota también se sumó y un fragmento de su escrito dice: “tomo con mucho optimismo la vida y disfruto lo mejor que se puede”. Rosa, escribió en su autobiografía “tengo muchas limitaciones, pero jamás baje los brazos, me encanta tejer, es mi cable a tierra, soy muy feliz con la vida que tengo”, y en su relato sobre su modo de vivir la vejez nos dijo: “cuando comencé esta etapa comprendí que ser vieja no es ser descartable, que tengo derechos, libertades y tengo más que nunca el poder de decidir sin importarme el qué dirán (…) cada arruga que me descubro al mirarme en el espejo considero que es una marquita más de experiencia”

¡Gracias a toda esta red!, ¡gracias Porota por ser impulso para otros adultos mayores se animen a alzar la voz! Gracias a cada una de las mujeres del taller de memoria que se sumaron tan generosamente a la propuesta:  Rosa, Cristina, Delia, Emilia, Graciela, Josefina, Adriana, Carlota, fue hermoso acompañarlas, escucharlas, contenerlas cuando las emociones ganaban su espacio, reírnos y disfrutar de tan variadas anécdotas.

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