|

No hay edad para transformar la realidad

El libro “No hay edad para transformar la realidad” de Fundación Ashoka es una obra que contiene 20 cuentos escritos por jóvenes agentes de cambio de Argentina, Uruguay y Paraguay. La particularidad de estos cuentos es que los protagonistas son personas mayores. La publicación se enmarca en la mención “Ashoka-Esther Kolonsky” del Concurso de Cuento Digital Fundación Itaú.

El libro “No hay edad para transformar la realidad” de Fundación Ashoka es una obra que contiene 20 cuentos escritos por jóvenes agentes de cambio de Argentina, Uruguay y Paraguay. La particularidad de estos cuentos es que los protagonistas son personas mayores.

La publicación se enmarca en la mención “Ashoka-Esther Kolonsky” del Concurso de Cuento Digital Fundación Itaú. Este año, acompañó también la Fundación Navarro Viola y se sumó un módulo didáctico a cargo de la comunicadora y gerontóloga Sol Rodríguez Maiztegui, del Club de la Porota, para profundizar en la temática de nuevas longevidades.

Hoy a las 10am. en el CPC de Barrio Jardín (Celso Barrios 1825) la flamante publicación se presentará junto a sus impulsores: Fundación Ashoka, Itaú, Navarro Viola y Santillana así como también junto al área de Participación Ciudadana del CPC Jardín, grupo de mujeres mayores pertenecientes a la Biblioteca Despertares de barrio Parque Atlántica, jóvenes ganadores del concurso oriundos de Berrotarán y Villa Huidobro, la agrupación de percusionistas +60 Fuerza Mayor, El Club de la Porota y público en general. 
En esta oportunidad, queremos compartir uno de los 20 cuentos ganadores. Puntualmente el escrito por la adolescente de la localidad cordobesa de Berrotarán, Raquel Roldán.

Descargá el libro desde AQUI

¡Gracias a todas las personas e instituciones que hicieron posible la publicación del libro y su presentación en la Ciudad de Córdoba!

Sobrevivir al olvido

Por Raquel Roldan
Del Instituto Berrontarán

Mi abuela Celia solía decirme: “El orden de los recuerdos no altera el olvido”, yo era pequeño, no lo entendía. Cuando fui más grande llegué a la conclusión de que todos los recuerdos que queremos olvidar siguen vigentes en nuestra memoria, nos invaden y golpean nuestra vida. Pero así también lo hacen los recuerdos buenos, es como cuando estás triste e intentás recordar algo bueno para olvidarte y distraerte de aquella tristeza. 

Cada vez que iba a su casa, me sentaba junto a la mesa de algarrobo que emanaba un aroma que abrazaba y te hacía sentir que pertenecías allí. Me traía un tecito con limón y miel y unas galletitas con membrillo recién salidas del horno, les ponía tanto membrillo que chorreaban por los costados. Se sentaba a mi lado y me contaba historias de vida -así las llamaba ella- donde por supuesto era protagonista. Usaba un perfume floral que inundaba todo el cuarto de estar, me acariciaba el pelo y me besaba dejando su labial rosado en la frente. Mi nani se encargó de darme todo ese amor que no recibía en casa, era tan feliz a su lado. Ella amaba tanto los recuerdos y las historias pasadas, hasta que enfermó de Alzheimer, irónico. 

Una tarde lluviosa, después del secundario, como de costumbre fui a su casa. Abrí la reja y quedé un tanto extrañado porque no sentía aroma a galletas de membrillo, pero lo ignoré. Al llegar a su lado me dirigió una mirada rara, como perdida. No me había reconocido. De repente se me vino el mundo abajo, sentía ganas de llorar a gritos. 

¿Por qué tuvo que pasarle a ella? Podría haberme pasado a mí, no tengo nada bueno que recordar, los golpes de mi mamá, los gritos de mis hermanos, el olor a alcohol que inunda la casa cada vez que entra mi papá. 

Un día me pidió que encontrara a un viejo amor que había tenido. Emocionado empecé a preguntarle cómo era y algunos datos sobre él. Quería cumplir su deseo. Sin embargo, su médico me advirtió que estaba seguro de que no había habido ningún amor, que solo era un síntoma de su enfermedad. Como jamás me había nombrado este tema, también asumí que lo era. Todos afirmaban que era producto de su imaginación y que no había ningún hombre, no obstante ella aseguraba que todos se equivocaban, se pasaba las tardes llorando y diciéndome que por favor lo encontrara, que no quería pasar sus últimos meses sola. Hurgando entre sus viejas cosas, descubrí una carta amarillenta, con olor no muy agradable y llena de tierra.

Me sentí terrible por no haberle creído. Así que me decidí a encontrar a Ricardo. Revisé el sobre y la estampilla y me fui a Buenos Aires, solo, temiendo encontrarme con alguna noticia desalentadora pero impulsado por volver a ver la sonrisa de mi abuela.

Al llegar a Buenos Aires, me hospedé en un hotel y volví a ver los pocos datos que tenía. Hice un cuaderno en donde anotaría cualquier información que consiguiera acerca de Ricardo Hernández. Esa noche pedí la cena, unos sorrentinos muy ricos y, mientras los comía, me imaginaba un feliz y emotivo reencuentro.

Al día siguiente, tomé un café bien cargado y emprendí viaje hacia las calles de la ciudad, salí a eso de las 7 porque no iba a ser fácil encontrarlo. Caminaba por las veredas porteñas e iba observando la gente, tantas personas en un solo lugar. ¿Cómo haría para encontrar al tal Hernández?

Fui a algunas agencias dedicadas a encontrar gente perdida, pero la realidad era que él no estaba perdido, sino que mi abuela con Alzheimer de repente recordó que tenía un supuesto amor en esta ciudad tan grande, así que obviamente me miraron como si estuviera loco, me dijeron que me fuera y que no perdiera el tiempo. Sin embargo, me negaba a perder la esperanza, así que seguí mi camino, entré a varios negocios a preguntar y nada. Anochecía. Volví al hotel, caí rendido sobre la cama y me puse a pensar si había hecho bien en ir y así me dormí.

A las 6:05 escuché a Cerati cantándome, es decir, ¡la alarma! Me levanté de un salto y de vuelta a lo mismo. Me sentía Sherlock Holmes, solo que sin resultado eficaz. Pasé semanas intentado rastrear, aunque fuera a algún familiar, simplemente una pista, pero nada de nada. De esa forma, sin datos, me tuve que volver a Córdoba. Llegué exhausto y un tanto desilusionado de mí mismo y me sentí aún peor cuando imaginé la cara de mi abuela al enterarse de mi fracaso. Durante el camino a su casa, iba pensando excusas y razones para explicarle que no había podido cumplir con su pedido. Toqué la puerta y con gran emoción me preguntó qué tal había estado mi viaje.

-Lo siento abuela, estuve semanas intentado hallar algo, pero no lo logré. Espero que puedas entender lo difícil que fue para mí tener que decirte esto. Lo intenté todo, busqué personas con el mismo apellido y a cada una de ellas le pregunté si conocían a tu cielito y nada. Incluso me encontré con varios Ricardos, pero ninguno coincidía con la descripción que me diste. Era como buscar un fantasma.

Luego de un largo rato en el que intentaba explicarle cómo me sentía al respecto, largó una carcajada burlona y me dijo:

-¿Sabes por qué no lo encontraste? ¡Porque falleció hace un año!

En ese momento sentí una rabia y una impotencia que no puedo describir con palabras. Tenía un nudo en la garganta y ganas de llorar solo por la bronca. Lo único que me salió decirle fue: 

-¡¿Acaso estás loca?! 

-Solo quería que te sintieras como yo. Desesperada, buscando un recuerdo, sé que está ahí en algún lado y hago todo lo posible en recordar algo que me dé indicios de él, pero no puedo, porque mi cerebro ya lo borró de mi memoria. Mis recuerdos eran lo único de valor que me quedaba. Y pregunto, y vuelvo a preguntar, no porque me olvide de que estoy preguntando algo una y otra vez, lo vuelvo a hacer porque sé que estoy cerca de recordarlo. Así como vos entrevistabas a todas estas personas, yo le pregunto a mis otros pensamientos, ¿dónde estará el que se perdió? 

Me conmovió de tal manera que no pude decirle nada, el silencio inundó la habitación por un rato, hasta que se rompió con un sollozo de ella cuando la abracé. Celia todavía estaba bien sin embargo, después de unos meses, empezó a olvidarse de todo. Me partía el alma verla así, me pasaba los días pensando en qué hacer para ayudarla, pero como no recordaba nada, me era difícil. Sentí que tal vez muy en el fondo todavía tenía guardado algún que otro recuerdo y que esta enfermedad solo era un candado en la puerta de su memoria, yo solo debía encontrar la llave.

¿Qué hace uno para acordarse de detalles de un momento que vivió? ¡Pero claro! ¡Buscar fotos en su smartphone!

Obviamente Celia no tenía un smartphone, así que fui al baúl de fotos; se las llevé y le fui contando las mismas historias que ella me había contado una y otra vez. Ella las recibía como relatos protagonizados por otras personas, no obstante yo sabía que ella era el centro de todas y eso nos alcanzó a los dos para sobrevivir al olvido.

Publicaciones Similares

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.