Todos los días, si uno avanza en la dirección de sus sueños

Todos los días, si uno avanza en la dirección de sus sueños

Compartí esta publicación en tus redes sociales
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Esta Voz Mayor es particular. La semana pasada celebramos el Día del maestro, hoy el del profesor. Aunque se distinga entre uno y otro, conmemoramos lo mismo: a aquellas personas que se dedican a una profesión tan generosa como lo es la enseñanza. Vicente, nuestro autor del día, fue uno de ellos. La historia que nos envía es una anécdota real de su paso por las aulas.

La maestra de lenguas de tercer grado entró al aula, y luego de saludar cálidamente a sus alumnos explicó la tarea que iban a realizar durante la clase. “Hoy van a …”. 

Todos los días, Gisela llegaba al Instituto de Enseñanza Superior (IES) “Simón Bolívar”, desde hacía algo más de un par de años. Necesitaba llegar porque el IES la estaba acompañando y ayudando a incorporar las capacidades suficientes, como para ejercer la docencia en Física. Había depositado en sus sueños, el ser profesora en Física del Nivel Secundario, y estaba avanzando en la dirección de sus sueños.

Todos los días llegaba al IES pasada la media tarde, casi a la nochecita, con un andar firme pero lento y tranquilo, que mostraba cierto cansancio. Todos los días llegaba luego de trabajar 10 horas -de 08:00hs a 18:00hs- en una fábrica de implantes traumatológicos, “Prima Implantes”. Apenas si contaba con el tiempo necesario para no llegar tarde al IES. Todos los días llegaba deseando que pasaran rápido las 5 horas que la separaban de su casa, para encontrarse con su hijo Ulises de 8 años, a quien había dejado descansando muy temprano por la mañana, fruto de afectos desencontrados que fueron languideciendo con el tiempo, hasta desaparecer. Mucho esfuerzo pero avanzaba.  

En la dirección de sus sueños, estaba el porqué de su decisión de ser profesora de Física, “para cambiar mi calidad de vida de mamá, poder compartir más tiempo con mi hijo que siempre reclamaba mi ausencia en sus actos escolares, en sus salidas educativas, en los momentos en los cuales realizaba sus tareas y en el resto de actividades del colegio a las que era invitado a compartir con sus padres”.

El IES brindaba, y aún hoy lo sigue haciendo, la posibilidad concreta de movilidad social, y básicamente, de inclusión social de sus egresados. Al decir de Gisela, era una herramienta que le permitiría cambiar su vida y la de su hijo. Por ese motivo, quería aprender todo lo más rápido posible: los recreos eran su momento para hacer la tarea, para leer y para consultar dudas con sus compañeros. Era consciente que el tiempo que dedicara al estudio en su casa, era tiempo que no le dedicaba a su hijo.

Todos los días, cuenta Gisela sobre un día normal de Ulises, “por la mañana hacía la tarea con la niñera, después del mediodía ésta lo alcanzaba a la escuela, y por la tarde lo retiraba un familiar que lo cuidaba hasta que yo llegará del IES, la mayoría de los días después de las 23h. Recuerda Gisela que la esperaba  despierto para que le leyera un cuento o para cenar”. 

Así transcurrían todos los días en la vida de Gisela, avanzando en la dirección de sus sueños. Transitó el IES entre el 2007 y 2010. Era muy buena alumna, abanderada durante 2009 y 2010, y por razones institucionales y administrativas, la Institución salteó el 2011 y el “Acto de Colación de Grados” recién lo hicieron durante el 2012. Pero volvamos un poco hacia atrás.

Yo fui profesor de Gisela, en varias asignaturas del Plan de Estudios de la carrera de Profesor en Física. Al verla un poco seria a veces, algo cansada otras veces, me acercaba a su banco y conversábamos. Así fue que me contó de sus sueños, de su familia, de su pasado, en fin, las cosas que normalmente hacemos cuando queremos descargar nuestras tensiones emocionales.

Y fue a mediados del 2009 que, siendo profesor de Gisela, advertí además del cansancio que la caracterizaba y sus tiempos siempre comprometidos, una cierta tristeza que no sólo enmascaraba su cálida sonrisa, sino que era acompañada por una disminución de su rendimiento académico. Luego de varias oportunidades en las cuales se manifestó su tristeza, me acerqué un día a su banco y le pregunté ¿qué le pasa Gisela? ¿puedo ayudarla? Me miró extrañada, casi sin entender lo que le estaba diciendo. Repetí las preguntas, hasta que balbuceando me dice, estoy preocupada por la conducta de Ulises en la escuela.

Según Gisela el comportamiento de Ulises, que cursaba tercer grado, fue mutando. De aquel alumno que en general tenía muy buenas calificaciones, prestaba atención al docente, hacía las actividades y le quedaba tiempo todavía para desordenar un poco la clase, sin consecuencias indeseadas, pasó a ser un alumno de comportamiento complicado, que requería límites, que buscaba llamar la atención y que era muy desafiante. Hacía comentarios y bromas fuera de lugar, e  interrumpía continuamente las clases.

En un instante me pareció darme cuenta del porqué del comportamiento de Ulises, y desde mi experiencia de más de treinta años en el Sistema Educativo en casi todos los niveles y con seis hijos a cuesta, le dije a Gisela: “me parece que lo que quiere Ulises es que quienes lo rodean y vos, se den cuenta que él quiere estar más tiempo con su mamá”. “Pero profe”, me dice Gisela, “no es posible, tengo que trabajar y venir luego al profesorado, no me queda tiempo”. A lo que le respondo, compartamos al tiempo. No entiendo, me dice Gisela. Mirá, le digo, lo vas a traer al IES. ¿Pero qué va a hacer aquí en el Profesorado? Le digo, no sé, pero comenzá a traerlo. Hablamos con la rectora de la Institución, Mónica, quien lo autorizó.

Comenzó a traerlo a clase, casi todos los días. Lo recuerdo sentado a un costadito del aula, con su cuadernito y con sus lápices, haciendo tareas para la escuela o simplemente dibujando. También recuerdo que en algunos momentos en los cuales yo formulaba consignas para mis alumnos de tercer año del profesorado, o todavía más cuando resolvían problemas y antes de dar la discusión general según los resultados logrados, me acercaba a Ulises y le contaba historias, o cuentos como todavía hoy le saben llamar.

Las historias que más le gustaban eran las “Historias Épicas”: hechos legendarios o ficticios relativos a grandes hazañas. Las historias que más le gustaban era la de Penélope y Ulises, la de Filípides corriendo por la llanura del Maratón, la de Sansón y Dalila, la de David y Goliat, y algunas otras menos conocidas y por lo tanto más inventadas por mí. Fueron momentos sublimes, aquellos en los que mantuve la atención imperturbable de Ulises.  

Así fueron pasando los meses. Ulises mejoró notablemente su comportamiento social y obviamente su desempeño escolar, y Gisela siguió cansada y con su paso firme y lento, pero desapareció la tristeza de su rostro y volvió a ser la excelente alumna que había sido en los últimos años.

Pasó el tiempo. Gisela con su rutina de todos los días, siguió avanzando en la dirección de sus sueños y finalmente en 2010 finalizó con sus estudios y logró que su sueño se cumpliera. En 2012 fue el “Acto de Colación de Grados” y me pidió que hablara en nombre de los docentes de la casa. ¡Qué alegría! Un regalo de la vida.

Cuentan que la imperturbable maestra de lenguas de tercer grado que ingresó al aula, que luego de saludar cálidamente a sus alumnos explicó la tarea que iban a realizar durante la clase, y que señaló como consigna, “Hoy van a escribir una historia”, “van a contar un cuento”, sobre el tema que ustedes quieran, recogió los escritos de los niños. Recogidas las historias de los alumnos, le llamó la atención el relato de un niño que así comenzaba su historia, “Había una vez una señora llamada Penélope, que tejía y destejía una bufanda muy larga y un guerrero muy valiente que se llamaba Ulises, …”.

A veces, mucho corazón y mucho amor, es la receta. 

“La escuela necesita una protección cariñosa que facilite y haga amable su labor y su obra, necesita mucho corazón y mucho amor, porque es demasiado delicado lo que se moldea allí; es la continuación del hogar, el porvenir de la familia, el porvenir nacional, el porvenir humano”.

María Espínola Espínola, maestra de la RO del Uruguay

Vicente Capuano,72 años, Córdoba

Compartí esta publicación en tus redes sociales
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp
También compartieron sus historias
Puede Interesarte