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María Jaureguilorda se crió en San Pedro, Buenos Aires. Actualmente vive en Rosario, Santa Fe. A sus 67 años, y con el aislamiento fruto de la pandemia, nos confiesa que empezó a escribir las vivencias de esa niñez y adolescencia bonaerense. En su relato, nos regala ese tesoro, ese “volver a vivir”, como lo define: los amigos de esa infancia y de esa familia que manejaba un hotel. Te dejamos con su historia para continuar celebrando la amistad (y las vejeces, por supuesto).  

-“¡Hola, Mary!

Te mando una foto que nos sacamos en San Pedro… ¿Te acordás de mí?

Con estas palabras fui despertada el 2 de enero. Después de más de sesenta años se produciría el encuentro.

La que me despertó es Sandra Antosiewicz Stella, ella con sus 73 años, y yo con 67 ¡No podemos creer que estemos juntas a la distancia otra vez!

Pero… ¿Cómo es esto que haya tenido una amiga italiana en mi primera edad, allá, en mi San Pedro, el de la provincia de Buenos Aires, mi lugar en el mundo?

Para eso tengo que repasar un poco aquellos años y personajes.
Me cuentan que me trajo al mundo la partera Josefa Enzo de Soler, y a los dos días ya estaba viviendo en el “Hotel Comercio” que pertenecía a mis padres y quedaba en la esquina céntrica de Pellegrini y Ruiz Moreno. Allá me dieron la bienvenida mis dos hermanos mayores.

Vida de hotel en familia, ocupábamos dos habitaciones y un baño: en una mis hermanos. En la otra, mis padres y mi cuna. Cuna que no ocupaba de noche, si antes el matrimonio Thove no me convidaba con duraznos al natural, pedidos con capricho y conseguidos al nombre de “anohi”. También era mimada por los esposos Cigorraga, con tanta dulzura que el recuerdo perduró con el tiempo. 

Sandra me repite lo que yo sé porque mis padres nunca se olvidaron de ellos: “Mi papá conoció a los tuyos cuando por mucho tiempo estuvo en el hotel porque trabajaba en el campo con Electrodinie. Él nos llevó a conocerlos y volvimos cada verano hasta que él regresó a Italia“.

Era muy chiquita y éramos tres en ese lugar: Sandra ( la italiana), Silvia Morales ( mi niñera) y yo, con apenas un año y medio.

Pero ¿quién era mi niñera? Otra niña, Silvia Morales, porque solamente tenía diez años más que yo. Sus padres vivían en la calle Salta 1349, amigos de los míos por intermedio del señor Cejudo y así, con apenas 12 años me cuidaba… Con tanto cariño que, actualmente, seguimos unidas. Ella me cuenta de lo trabajadora que era mi mamá en ese lugar sin abandonar el cuidado de sus niños.

La cocina estaba a cargo de Santiso, gran cocinero, con su especialidad en sabrosos pucheros. Él también me malcriaba, siendo un ser muy especial, cerrado y antipático con el resto.

Pero ahí, en esa cocina, se inició Juan Carlos Nuñez que hoy tiene 83 años, así que también era menor cuando comenzó lavando los pocillos, y luego manejando la máquina de café. Su espíritu emprendedor le sugirió llevar las tazas a las mesas, de ahí en más, aceptó la profesión de mozo que nunca más cambiaría. El cuenta que el dueño, Jaureguilorda, era un mozo más, pero las propinas se las dejaba a los otros. De lunes a viernes en el hotel se hospedaban viajantes, y era el lugar de encuentro de los comerciantes del barrio. Hermosas historias en ese lugar donde los comerciantes de la zona tenían la costumbre de reunirse en torno a la mesa y al café. 

Un asiduo visitante era Fumazoni, un muchacho de mucha pinta que vestía siempre ropas de gaucho con un gran sombrero, vivía en la isla y todas las mujeres estaban detrás de él. Le gustaban mucho los perros, criaba ovejeros (perros de policía) y los adiestraba. Siempre que estaba había uno al lado de mi cochecito cuidándome. Él me adoraba y ya más grande jugábamos en el tractor que dejaba en el estacionamiento del hotel.

Y siguen los amigos. Ana María Agulló cuenta que yo fui su primera amiga: “cuando teníamos meses de vida, mi papá empezó a viajar a San Pedro y paraba en el hotel que en esa época lo tenía Héctor. Allí te conoció dijo: tengo una nena como vos, te la voy a traer para jugar. Así fue que un día me llevó y nunca más nos separamos“.

Este relato es solo para verificar que los encuentros existen, después de más de sesenta años las tres niñas volvemos a reunirnos. Recuerdos y dos fotografías, la de antes y la actual. Una vida transcurrida y una foto que resistió el tiempo.

María Jaureguilorda, Rosario, Santa Fe. 67 años

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