“Envejecer a nuestro aire” Una entrevista de Porota a Anna Freixas.

“Envejecer a nuestro aire” Una entrevista de Porota a Anna Freixas.

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La última edición de la revista CULTURA EN GRANDE abordó temáticas vinculadas a las mujeres mayores. Desde @elclubdelaporota nos sumamos a través de una entrevista reflexiva que Porota le hizo a una vieja amiga: ANNA FREIXAS. Te invito a leer la nota completa…

Conmemorar el 8 de marzo es también hablar de mujeres viejas.  Sin dudas hay una voz que se impone, la de Anna Freixas, una de las viejas feministas, para mí, pionera en plantear nuevos modos de mirarnos, de apropiarnos de nuestra vejez.

Anna me cautiva. Ella me refleja, me interpela, me impulsa y por ello la hemos traído a este número especial de Cultura en Grande. Vamos a jugar con sus dichos, palabras, certezas, pensamientos. La voy a interpelar desde mi narrativa y en medio del diálogo que aún nos debemos, asomarán algunas respuestas. 

Anna Freixas

Todas nosotras nos hemos ido haciendo mayores y hemos podido comprobar que las desigualdades económicas y sociales se van acumulando a lo largo de los años, pero también sabemos que en este momento de la historia disponemos de una buena cantidad de fortalezas que nos pueden permitir vivir bastante bien si conseguimos desprendernos de algunos mandatos acerca de cómo ser viejas y nos proponemos vivir nuestra vejez a nuestro aire” 

A nuestro aire, dice Anna. A veces me cuesta ser la pionera, esa vieja que abre caminos. Me cuesta salir del surco, pensar el lienzo en blanco, el sendero que aún no se ha trazado. ¿Cómo escapar a los mandatos, de lo que esperan de nosotras, las viejas de la segunda década del Siglo XXI? 

Ha llegado el momento de pensar de qué manera podemos minimizar alguno de los obstáculos y participar de la vida sin autorregularnos, diciendo *yo a mi edad*, haciendo de nuestra existencia un espacio físico y mental mucho más reducido

Llevo años escribiendo para rescatar a la vieja que me habita sin miedos. Me siento remontando un barrilete. Por momentos, me entrego a su bravura y lo escolto mientras navega por las fuertes ráfagas de aire, me envalentono y salgo a mis anchas a conquistar el mundo de los prejuicios. Otras, tengo ganas de soltarlo, que se vaya, cansada de renegar con el viejismo. Mi actitud es de completa entrega y resignación. Sin embargo, en medio del mar, cuando no vislumbro la tierra cuan sostén, aparece Anna, quien con sus 75 años se define como una “vieja brava”. 

Envejecer a nuestro aire no significa hacerlo aparentando no tener muchos años. No. A nuestro aire significa hacerlos con dignidad, derechas como una vela o encorvadas como una alcayata, pero siendo nosotras, vistiendo de forma armoniosa, sin apreturas, elegantes, con diversidad de gustos, con libertad de movimientos o de cojeras. Viejas que podamos mostrar nuestro deambular por el mundo en modo, no me torturo, me respeto y me gusto. No patéticamente juveniles ni excéntricas. Viejas normales”. 

¿Cómo sentirme una vieja normal, que es ser una vieja normal? Quizá la clave está en no entregarnos a la invisibilización. Acostumbradas a no ser vistas, a ceder a la esquizofrenia de no existir existiendo. Ser normal se asemeja a no jugar a las escondidas. Pero ¿cómo romper, ser valientes sin recetas?, ¿qué pensás Anna? 

Me atrevo a pensar que últimamente, gracias a la convergencia de las fuerzas sociales y personales diversas, las viejas empiezan a sacar los pies del plato y muestran en la calle una ocurrente libertad corporal, con sus tintes multicolores, sus canas en cualquier punto de desarrollo, llevando ropas y zapatos cómodos de verdad, enviando señales a las que aún están pilladas en el imaginario de la belleza juvenil, de que nos vamos gustando mucho más que en otros tiempos, más de lo que nunca en el antiguo régimen estético hubiéramos podido imaginar”. 

Me miro al espejo. Me veo vieja. Lo grito fuerte, vieja. Me sonrío. Aparece el sonido de mi voz. De pronto, la carcajada. ¡Vieja linda! me grito ¡Pucha que sos linda! Detengo mi mirada, la sostengo en mis ojos reflejados. Soy una vieja linda. Empoderada. Orgullosa de mi recorrido. De mis surcos. De mi pelo blanco, luminoso, lacio. Ser vieja es un regalo. 

Ser vieja es un regalo, porque significa que he vivido muchos años y lo que sí está claro es que no soy joven. No es posible ser joven y vieja a la vez y menos aún la tontería de decir soy joven en un cuerpo viejo. Reconciliémonos con esta palabra, utilicémosla con tranquilidad, naturalidad, humor. Es el único camino a través del cual podemos colaborar a borrar su estigma negativo y hacer de ella una realidad, tal cual. Todos los eufemismos que podamos usar: persona mayor, adulta mayor y otros similares, nos restan años en el DNI. La vejez es algo real, no es algo que les ocurre a los demás. Tratemos de vivirla bien y confortablemente con una cierta dosis de humor imprescindible”. 

Nací a mediados del siglo XX, sin televisión, apenas con una radio que jamás dormía. Hoy manejo un celular que no sólo tiene radio, sino también televisión, tres cámaras de fotos y teléfono, todo en un solo dispositivo. Fui de las mujeres que envejecieron en el marco de la norma. Me casé, tuve hijos e hijas maravillosos, trabajé en mi casa mientras mi marido trabajaba 10 horas diarias puertas afuera. Intenté estudiar en la universidad hasta que en la década del 70 la cerraron. Al año de dejarla, quedé embarazada. No reniego de mi pasado, me animo a ponerlo en tensión, a revisarlo, a amasarlo una y otra vez. Hoy, vieja, algo más deconstruida, me enorgullezco ver en mis hijos e hijas mandatos vencidos, caducos. Y me animo a atribuirme el rédito. A lo mejor, no todo fue en vano. Transformé en virtud no aceptar condiciones, situaciones y tratos injustos. 

Lo que sí parece claro es que a estas alturas existen muchos modelos de vejez femenina y que ahora disponemos de un buen puñado de cualidades que hemos ido adquiriendo a lo largo de los años, algunas de las cuales nos pueden hacer la vida en relación algo más fácil. Entre otras, destaco la generosidad, la honestidad, el coraje, la capacidad de sobreponernos a los desastres que la vida nos ofrece, la capacidad de perdonar, de mostrar afecto hacia los demás y por supuesto, también la ira, la sabia y necesaria rabia que he trasladado conscientemente a la columna de las virtudes porque supone una invitación a no aceptar pasivamente situaciones, condiciones y tratos injustos

Alguna vez supe escribir, en vísperas de un 8 de marzo… 

Pasaron los años y finalmente esa mujer oculta se animó a asomar la nariz. Los estragos del pasado dejaron mella en todos y cada uno de mis seres queridos y hoy, con el corazón en la mano, me pido perdón, me tengo compasión… ya que es el único modo de transformar mi enojo en amor. No te voy a mentir, a veces mi “automático” me gana de mano y esos pensamientos misóginos me acechan cual lobos hambrientos. Pero no importa, ahora los comprendo y me río de ellos. A veces me canso de ser mujer más por mandato que por naturaleza. Y a veces me agota ser mujer y vieja, porque para ser vista, mirada, registrada y tenida en cuenta el esfuerzo es doble. Y es doble, porque empoderarse no es sencillo, me obliga a mirar quien fui y todo lo que hice para contribuir a gestar un mundo más violento. 

No hay culpas escindidas, más bien compartidas. No hay un solo bando, más bien espacios dinámicos en los que vamos eligiendo estar; a veces víctima, a veces victimaria. 

Si muriese mañana… ¿qué me diría? Me diría que soy valiosa, poderosa, hermosa. Que nunca es tarde para pedir perdón. Que nunca es tarde para decir “te amo”. Que nunca es tarde para empezar a conocerme. Que hice lo que pude y que ahora, consciente de lo que no pude, dispongo de la magia de mi pluma para multiplicar amorosidad en mis palabras. 

A lo mejor, quien te dice. En un futuro, el 8 de marzo se transforme en un día para celebrar la vida y no para recordar todo lo que hicimos para perderla. 

“En el mundo físico y económico, si yo entrego algo lo pierdo. La sabiduría y el amor se comportan de un modo absolutamente distinto: si yo entrego mi amor o mi sabiduría a otra persona, ambas los poseemos. Es más, lo curioso es que ese individuo puede regalarlos a su vez, conservarlos y acrecentarlos en cada transacción. Cuanto más amor entreguemos, más amor se generará y más amor poseeremos. Otra característica significativa es que si yo entrego mi sabiduría a otra persona y cala hondo en ella, es porque eso que yo le he dado estaba en su interior y el individuo lo reconoce como propio. Cuanta más sabiduría aportemos al mundo, más sabiduría tendrá y a las demás mujeres les será más fácil identificarse con ella”

(Las diosas de la mujer madura – Jean Shinoda Bolen)

Gracias por leerme, por haber llegado hasta aquí, por haberte animado a conectar con este cocoliche de reflexiones que trajeron de regalo las voces de dos grandiosas viejas: Anna Freixas y al final la de Jean Shinoda Bolen. 

Porota

+Anna Freixas (Barcelona, 1946) Escritora feminista y profesora de universidad jubilada. Barcelonesa afincada en Córdoba (España), se licenció y doctoró en Psicología en la Universidad de Barcelona, donde desarrolló los primeros años de su actividad docente. En 1981 llegó a Andalucía, al ingresar en la Universidad de Córdoba, primero en el Instituto de Ciencias de la Educación y luego en la Facultad de Ciencias de la Educación. Entre 1994 y 2001 creó y dirigió el Aula de Estudios de las Mujeres, transformada luego en la Cátedra Leonor de Guzmán. Sus líneas de investigación han versado sobre el envejecimiento de las mujeres, coeducación y feminismo, y la evolución de la investigación y docencia en Psicología desde una perspectiva de género. Ha tenido aportaciones pioneras para el desarrollo de la gerontología feminista en España. 

+Jean Shinoda Bolen (Estados Unidos, 1936) Doctora en Medicina. Psiquiatra y psicoanalista. Su trabajo ha versado sobre las teorías de Jung y  visión sobre la mujer y la medicina. Antes de su retiro fue profesora de la Universidad de California durante la mayor parte de su carrera académica. Se dio a conocer al gran público gracias a la publicación de varios libros de ensayo, tanto académicos como de divulgación, siendo especialmente destacable su aportación en títulos como “El Tao de la psicología” o su serie dedicada a “Las diosas”.

Esta nota ha sido inspirada en el libro “Yo, vieja” de Anna Freixas; en la entrevista que la periodista gerontológica Sol Rodríguez Maiztegui le realizó a Anna en 2021 en el marco del ciclo “Pensar las vejeces sin estereotipos” impulsado por la Universidad Tecnológica Nacional Regional Córdoba y El Club de la Porota (disponible en el Canal de YouTube de @somoslaseu) y en el libro “Las diosas de la mujer madura” de Jean Shinoda Bolen.

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