Voluntaria después de los 60

Voluntaria después de los 60

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Cecilia Schulten es una mujer valiente, determinada y capaz de ampliar sus propios límites y de afrontar los viejismos culturales. Curiosa y viajera, va recogiendo en cada oportunidad nuevos aprendizajes que la hacen, cada vez, más grande. Compartimos su experiencia como voluntaria social en Asia, vivencia que la hizo desbarrancar muchas creencias y abrazar, de una manera muy concreta, la diversidad y en especial el lenguaje universal del amor. Cecilia Schulten, de 63 año, nació en Mar del Plata. Actualmente vive en San Martín de los Andes, provincia de Neuquén. Esta vivencia es gentileza de la Revista “Cultura en Grande”. Para disfrutar de la revista ingresá a https://www.buenosaires.gob.ar/salud/bienestar-integral/cultura-en-grande .

El voluntariado después de los 60 es una manera de seguir corriendo mis límites. Todo comenzó en un aeropuerto. Esperando a que pase el tiempo de espera me puse a conversar con una austríaca jovencita quien me cuenta que venía de hacer un “voluntariado” en Tailandia.

Empecé a escribir a todas las páginas web que se presentaban con esa palabra que tanto me había gustado. Al cabo de unos días comienzo a recibir con decepción las negativas, acusando “la edad”. Por suerte estaba con mi hijo quien sabiamente me dijo “ma, si realmente lo querés hacer, no abandones”.

Un día leo en mi facebook un comentario sobre voluntariado en Nepal. Inmediatamente escribo para pedir información y… ¡me la mandan! Desde ese día comencé a escribirme con Namita (CEO de Human Harmony Nepal) quien jamás me preguntó la edad y yo, por las dudas, no la mencioné…

Meses después conocí a Namita: 25 años, estatura media, pelo negro larguísimo, ojos negros, tez oliva y una sonrisa enorme de dentadura perfecta y blanca. Guerrera y luchadora por los derechos humanos. Ahí estábamos tratando de comunicarnos. Las dos hablando un idioma que no era el nuestro.

Viajamos hasta la villa donde vive junto a su familia. Era el campo, alto en alguna montaña. Una casita de adobe. Allí nos esperaban padre, madre, hermana menor y la vecindad curiosa por ver a esta voluntaria extranjera que acababa de llegar.

Era tanto el amor que recibía a diario que cada día me sentía mejor. Las vecinas iban todos los días y se sentaban sólo a mirarme. Las más atrevidas se acercaron para tocarme la cabeza. Ahí me di cuenta que lo que les llamaba la atención era mi pelo blanco, que denunciaba una edad “avanzada”. Se preguntarían qué hacía una mujer mayor, con tres hijos varones, dando vueltas sola por el mundo.

No tuve miedo. Fui protegida, cuidada y amada. El silencio fue mi gran compañero. Una tarde me quedé sola con la mamá de Namita. Nos sentamos en el piso, ella trajo té. Por primera vez, me di cuenta que las palabras no son indispensables. Cada una empezó a hablar en su idioma (ella en nepali y yo en español), nos reímos y luego lloramos, nos agarramos de las manos, nos abrazamos. Nos entendimos casi a la perfección. Me enseñó que para amar solo se necesita el corazón. La mamá de Namita es analfabeta y a la vez líder y guía espiritual de su pequeña comunidad, trabajadora rural incansable.

En los 30 días de convivencia, jamás nadie se quejó de nada y jamás nadie levantó el tono de voz. Un día pregunté qué íbamos a comer y Namita con gesto de gratitud contestó: “Ceci, ¡lo que la tierra nos da!” señalando el campo sembrado de arroz y acelga. Durante treinta días, tres veces al día, comí acelga con arroz. Aprendí a agradecer.

Tuvieron que pasar dos años para que yo me sentara a escribir sobre esta experiencia. Me costó entender qué hacía ahí. Hoy me siento orgullosa y feliz por lo que hice. Puedo decir que un “voluntariado” es la posibilidad de experimentar que el dar y el recibir son la misma cosa; que la edad no existe; que con amor y con su aliada “la sonrisa” somos infalibles.

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